La Isla JK (terapatia contra la adicción)
El episodio de Juan Carlos en la isla era bien interesante en lo que respecta al proceso de madurez de una persona, pero creo que lo más interesante fue que ahí logró desarrollar totalmente su habilidad para interpretar la vida cotidiana de manera tal, que hablar de lo cotidiano realmente se transformaba en hablar del cosmos y de la especie humana; con todo y sus preguntas sobre el qué diantres es la vida. Una mañana se levantó harto de tanta paranoia y se fue a casa de sus padres, le pidió comida, ropa limpia y unos pesos a su madre y le dijo que quería ser otro. Se acicaló lo mejor que pudo y se fue al pueblo a comprar un machete, algunas cuerdas de pescar, manteca vegetal, arroz y sal; se iba a la isla. Tomó el autobús de las dos de la tarde, viajó por dos horas y descendió en el poblado de El Pasito. Ahí tomó el camino que iba en dirección al mar, llegó a la boca del río y para su suerte, había un viejo pescador en un bote. El viejo muy amistoso lo pasó a la isla y le prometió una visita al día siguiente para ayudarle a buscar buenos puntos de pesca. Con la mochila al hombre y ya descalzo, inició una caminata de cuarenta minutos por la arena aun caliente. La marea era alta y miles de olas gigantescas se lanzaban contra la playa. Mientras caminaba hacia donde sería su hogar por los siguientes tres meses, un sol rojo iba cayendo allá en la distancia, a millones de kilómetros detrás del océano pacífico; y para allá quería ir él también.
Una vez que el sol se ocultó, Juan Carlos penetró por entre una plantación de cocoteros enanos, y rápido pudo ubicar el rancho que una amiga le había asegurado encontraría allí. El rancho constaba de una sola pieza de paredes de tablones de madera y techo de láminas de zinc oxidado, en donde solo había una cama con una colchoneta vieja, un fogón y unos cuantos trastes para cocinar y ayudarse a comer. Acomodó las pocas cosas que traía y se fue al estero a pescar. La isla medía unos cinco kilómetros de largo y un kilómetro de ancho, por uno de sus lados era azotada por el océano pacífico y por el otro lado era acaricia por el estero y sus manglares. Era una isla muy nueva y simple, compuesta totalmente de arena de mar y en donde crecía una hierba amarilla que llegaba a medir poco más de un metro. Estaba desprovista totalmente de árboles, a excepción de los cocoteros y de algunos cuantos arbustos que daban una sombra suave y fresca.
El final de la tarde era multicolor y cálido, faltaba poco para que las estrellas se dejaran ver e iniciarán con esto, la noche del cosmos en este lado del trópico. Al llegar a la orilla del estero, puso en el anzuelo un caracol para usarlo de carnada y lanzó la cuerda al agua. Esperó un tiempo bastante corto y pescó un pargo de tamaño mediano, lo escamó, lo destripó y volvió al rancho. De camino cortó unas hojas de plátano trayéndose consigo un racimo de frutos, apeo cuatro cocos, se tomó uno en el acto y regresó con los tres restantes. Saló el pescado, lo envolvió en las hojas de plátano y lo puso a las brasas. Se echó en la cama un rato y se quedó observando como terminaba de oscurecer. Una vez relajado, la vida que estaba decidiendo dejar se le venía encima en forma de recuerdos y sobre todo con las malditas ganas de fumarse una piedra de crack. Sabía que aislándose por unas semanas del puerto, podría desintoxicarse un poco y alejarse de los demás drogadictos de la calle, especialmente de I., su novia.

octubre 8, 2010 a 3:40 am
si la verdad ese tienpo fue muy duro para todos en especial los que estavamos cerca de el pero gracias a dios aparentemente eso ya paso.