
La noche que recibimos de manos del chicano Ángel Gallardo un billete de diez soles, equivalente a tres dólares norteamericanos, nos encontrábamos degustando una cerveza en un bar del poblado de Durham, en Carolina del Norte. Miren, nos dijo Ángel, En el Perú con este dinero, pueden comer tres personas, se los obsequio, con la condición eso si, de que inviten a alguien que no conozcan. Mi compañera de viaje y yo aceptamos agradecidísimos, pues, era un buen presagio para el inicio de nuestro viaje por algunos países de Sur América.
Meses más tarde, nos encontrábamos recorriendo el Perú con el billete bien resguardado en una vieja billetera, el billete viajaba feliz en medio de tarjetas de crédito y documentos ficticios de viajero. Arribamos al aeropuerto internacional de Lima a finales de Mayo y pronto nos encontrábamos atravesando, por tierra, la Cordillera de los Andes rumbo a la ciudad de Cusco. Por todas partes esperábamos al desconocido con quien nos tocaría gastar nuestro billete de tres soles, pero nada que aparecía. Muchas veces pensamos que el desconocido sería algún indigente, algún indígena, una madre cansada o quizás, algún otro viajero sin dinero, igual que nosotros. En fin, ni en Lima ni en Cusco encontramos forma de hacerle honor a Ángel.
Luego de haber visto el Machu Picchu, tomamos un vuelo que nos llevaría a Puerto Maldonado, pueblo amazónico asentado en la rivera del río Madre de Dios. Allá nos fuimos a juntar con Antonio Arana, el Toño, gran amigo de largas historias nunca contadas y una de esas personas que nunca crecen. En Puerto Maldonado pronto nos rodearíamos de nuevos amigos y le miraríamos la cara a miles de desconocidos potenciales para ser invitados a comer con los diez soles de Ángel Gallardo. Esperábamos pasar allí seis semanas, de las cuales pensábamos pasar tiempo completo en múltiples viajes de aventuras con el Toño, hasta que el Toño se enfermo y tuvo que volar a Lima precipitadamente por culpa de los dolores de cabeza. Nos quedamos como hijo e hija huérfanos de padre, pero adoptados por la compañera del Toño, la Cecilia, la Illarí y el Chato Nelson. Con ellos seguimos las aventuras en medio de ríos, selvas y tribus indígenas y con el espíritu de la hayuasca asechando por todas partes.
Fueron tan buenos los momentos vividos y tanto el aprendizaje, que olvidamos nuestra tarea del billete de Ángel Gallardo. La última noche de nuestra estadía en Puerto Maldonado, fuimos invitados por la Ceci y la Illari a tomar helados en los Gustitos del Cura, frente a la plaza de armas del lugar. Allí pasamos un rato muy agradable mientras endulzábamos nuestra vida con helado, hasta que nos pusimos tristes por la salud del Toño y por que nos tocaba abandonar Puerto Maldonado y el Perú, para seguir nuestra ruta hacia Bolivia. Pedimos la cuenta y la cuenta llegó. Cuando la Ceci sacó dinero para pagar, se percató de que le faltaban diez soles. Con toda la vergüenza del mundo, nos pidió dinero, con la coincidencia de que nosotros no teníamos nada en efectivo, solamente, los famosos diez soles de Ángel Gallardo. Ni modo, tuvimos que aportarlos a la invitación de los helados.
Pero Ángel, no creas que no cumplimos la tarea del todo, pues según nos contó el Cura, las ganancias de los helados iban a parar a un albergue de niños y niñas sin hogar, todos ellos, totalmente desconocidos por nosotros.

Dedicado a Ángel, allá en el norte. San José, 9.10.2007